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ÚLTIMAS CONDECORACIONES OTORGADAS POR EL ZAR NICOLÁS II DE RUSIA A ESPAÑOLES

ÚLTIMAS CONDECORACIONES OTORGADAS POR EL ZAR NICOLÁS II DE RUSIA A ESPAÑOLES

dedicado a su buen amigo el Embajador Yuri P. Korchagin
por el Prof. Dr. D. Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila, Vizconde de Ayala

    A pesar de que las relaciones diplomáticas hispano-rusas datan de mediados del siglo XVII, y de que pasaron a lo largo de los siglos por momentos de notable intensidad -por ejemplo, cuando el Zar Pedro el Grande envió a varios jóvenes nobles a estudiar en Cádiz, en la Real Compañía de Guardias Marinas, allá por el 1719-, la concesión de cruces de las Órdenes Imperiales rusas a ciudadanos españoles solo fue habitual a partir de la alianza hispano-rusa de 1812 contra Napoleón, generalizándose más a partir de la posguerra, y a lo largo del siglo XIX. Los ciudadanos españoles que recibieron condecoraciones rusas fueron numerosos en ese periodo histórico, hasta que la revolución comunista de 1917 dio al traste con la monarquía zarista. Las relaciones diplomáticas hispano-rusas solamente volvieron sostenerse durante el breve periodo de 1933-1939 (sobre todo desde 1936, al estallar la guerra civil española), y ya continuamente a partir del restablecimiento pleno en 1977.

Budberg

     A media mañana del martes 7 de marzo de 1916 fallecía en Madrid, a causa de una pulmonía que lo acabó en cinco días, el que desde 1909 era embajador extraordinario y plenipotenciario de Su Majestad Imperial el Zar Nicolás II, Emperador y Autócrata de todas las Rusias, excelentísimo señor Fyodor Andréyevich Budberg (o Fedor Pavel Andrei Andreyevich von Budberg, llamado en España Barón Teodoro de Budberg). Descendiente de la ilustre y antigua familia de los Budberg de Boeninghausen (Westfalia), radicados en la Curlandia rusa desde la Edad Media, el diplomático, nacido en 1851, había sido antes consejero imperial y embajador en Estocolmo. Era soltero y no tenía parientes cercanos en España.

      Inmediatamente de anunciarse el fallecimiento, acudieron a la sede diplomática un representante del Rey Don Alfonso XIII, el presidente del Consejo de Ministros Conde de Romanones, y el Cuerpo Diplomático acreditado en Madrid, en pleno. Además, el ministro de la Guerra envió inmediatamente al palacio de la Embajada de Rusia, un destacamento de oficiales y soldados del Regimiento de Lanceros de Farnesio -del que el Zar Nicolás II era coronel honorario desde 1908-, para que por velasen el cadáver y diesen guardia de honor a la enlutada Embajada. Y es que era habitual en la corte española que cuando en ella fallecía un embajador residente, el entierro y funerales tuviesen carácter de duelo oficial, hasta el punto de que la Gaceta de Madrid publicó el 9 de marzo un real decreto disponiendo que al cadáver se le rindiesen los honores fúnebres que la Ordenanza señala para el capitán general del Ejército que muere en Plaza con mando en Jefe.

Farnesio Nicolás II

      Y así, a primera hora de la tarde del viernes 10 de marzo, a pesar de la intensa lluvia que cayó en Madrid, los restos del embajador Barón de Budberg fueron llevados a enterrar con tales honores, es decir con una comitiva militar formada por un piquete de la Guardia Civil, cuatro piezas del 5º regimiento Montado de Artillería, un batallón del Regimiento Inmemorial, el armón de artillería con el féretro (cuyas ocho cintas llevaron los presidentes del Senado y del Congreso, el jefe superior de Palacio, el subsecretario de Estado, el capitán general del Ejército más antiguo y el único de la Armada, y el embajador y el ministro plenipotenciario más antiguos), un zaguanete de Reales Guardias Alabarderos, una sección del Escuadrón de la Escolta Real, el capitán general de Madrid, y cerrando una sección del Lanceros de Farnesio. Las demás tropas de la guarnición cubrieron toda la carrera, con uniforme de gala. Presidió el duelo S.A.R. el Infante Don Carlos de Borbón, en representación del Rey, con el encargado de negocios ruso, el primer secretario señor Georges Solovieff(1) y el cónsul general ruso en Barcelona príncipe Gagarin, a quienes seguían el presidente del Consejo de Ministros y los ministros de Guerra y de Hacienda, los jefes superiores de Palacio, y los embajadores de Francia, Inglaterra y Estados Unidos, con otros muchos representantes diplomáticos, la Diputación Provincial y el Ayuntamiento de Madrid, la colonia rusa y varias comisiones del Ejército, Armada, Tribunal de las Órdenes, las cuatro Órdenes Militares, Tribunal de Cuentas, Consejo Supremo de Guerra y Marina, Tribunal Supremo, Consejo de Estado, Ministerio de Estado, Senado y Congreso, etcétera. Desde el palacio de la Embajada, sita en el paseo de la Castellana 34, descendió la comitiva fúnebre por el paseo de Recoletos hasta llegar por el Prado a la plaza de Moyano, donde se le rindieron al cadáver los últimos honores. Despedido ya el duelo ante el Real Jardín Botánico, tras los disparos de las salvas y el desfile de las tropas, el féretro sobre el armón y la escolta militar continuaron hasta el Cementerio Británico, donde se dio cristiana sepultura a los restos del infortunado embajador Barón de Budberg(2).

      Agradecido el Zar por esas muestras de respeto y cortesía a su difunto embajador -muestras en realidad hechas al Imperio ruso, al que el embajador representaba en España-, tuvo a bien dignarse a conceder varias condecoraciones imperiales -19 cruces y 34 medallas- a varios jefes, oficiales y clases de tropa del Regimientos de Infantería del Rey nº 1, el Inmemorial; de los Regimientos de Lanceros de Farnesio, 5º de Caballería -del que el Zar era coronel honorario desde 1908-, y de Húsares de la Princesa, 19º de Caballería; del 5º Regimiento Montado de Artillería, y del 2º Regimiento de Zapadores Minadores. Esos fueron los Cuerpos armados que rindieron esos honores, tanto en la Embajada haciendo guardia al cadáver (los Lanceros de Farnesio), como haciendo las salvas, cubriendo la carrera y acompañándolo hasta el cementerio (los demás).

      Los 53 agraciados por esta muestra del aprecio imperial fueron los jefes, oficiales sargentos, cabos y soldados que siguen:

Santa Ana encomienda

– Con la encomienda de la Orden Imperial de Santa Ana, D. José Roselló Aloy, teniente coronel del Inmemorial; y D. Miguel Feijoo Pardiñas, coronel de Húsares de la Princesa.

Santa Ana cruz

– Con la cruz de caballero de la Orden Imperial de Santa Ana, D. José Escribano Aguado, capitán del Regimiento Inmemorial del Rey; D. Antonio Sarraiz Valcarce, capitán de Húsares de la Princesa; D. Genaro Ribot Pou, capitán de Lanceros de Farnesio; D. José López García, capitán del 5º Montado de Artillería; y D. Antonio Fernández Albalat, capitán del 2º de Zapadores Minadores.

San estanislao encomienda

– Con la encomienda de la Orden Imperial de San Estanislao, D. Francisco Mª de Borbón, comandante del Inmemorial; D. Antonio Santa Cruz Lamayor, teniente coronel de Húsares de la Princesa; y D. Javier de Mencos y Ezpeleta, comandante de Lanceros de Farnesio.

San estanislao cruz

– Con la cruz de caballero de la Orden Imperial de San Estanislao, D. Miguel Fernández de la Puente y D. Manuel Barrera González, tenientes del Inmemorial; D. Jaime de Alós Rivero, teniente de Húsares de la Princesa; D. José Marchesi Butler y D. Joaquín Asenjo Espinosa, tenientes de Lanceros de Farnesio; D. Jaime Altarriba y Porcel, Barón de Sangarrén, y D. Jaime Ferrer Asín, tenientes del 5º Montado de Artillería; y D. Antonio Bustos Ansart, teniente del 2º de Zapadores Minadores.

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– Con la medalla al cuello, D. Belisario Calles Pachón, sargento de Lanceros de Farnesio; y D. Adolfo Olaya, sargento del 5º Montado de Artillería (que fue el que condujo el armón con el féretro).

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– Con la medalla al pecho, D. Francisco Lucas Hernández, D. Camilo Cuadrado Domínguez, D. Ignacio Toral García y D. Ramón Prieto Santiago, cabos de Lanceros de Farnesio; D. Sergio Herrero Inés y D. Arsenio Santos Sáez, trompetas del mismo Regimiento; D. Eugenio Llanos Castañón, herrador del mismo Regimiento; D. Avelino Osorio Fernández, D. Joaquín Fernández Rodríguez, D. Florentino Manzano Matilla, D. Sabino García Gago, D. Luis Gordón Ramírez, D. Pantaleón González Magro, D. Santos Rodríguez Macías, D. Bartolomé Bermejo Gómez, D. Adolfo García García, D. Francisco Fernández González, D. Félix Rodríguez Asensio, D. Alejandro Rascón Marcos, D. Sixto Ortega Monge, D. Nicasio Álvarez Menéndez, D. Simón Campa Fernández, D. Victorio Palmero Gutiérrez, D. Justo García Sanz, D. José Fernández Fernández, D. Rufino Cano Redondo, D. Mariano Arranz Barbolla, D. Paulino Gómez Juárez y D. Esteban Pérez Salvador, soldados de Lanceros de Farnesio; y D. Antonio Rodríguez, D. Eduardo Martínez y D. Emilio Gómez, soldados del 5º Montado de Artillería (estos últimos fueron los que acompañaron el armón con el féretro).

      Recibidos los diplomas en Madrid, y enviados el 28 de octubre de 1916 al Ministerio de la Guerra, por este organismo se autorizó a los agraciados a lucir las respectivas insignias sobre su uniforme militar, con fecha del 4 de noviembre del mismo año, y se les remitieron sus diplomas(3).

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      Si bien las cruces de las Órdenes Imperiales de San Estanislao y de Santa Ana -con espadas, como dadas a personal militar- no plantean ningún problema de identificación, cosa distinta son las que en la documentación consultada se denominan simplemente medalla al cuello o medalla al pecho. Para aclarar cuáles serían esas medallas al cuello y medallas al pecho, diremos que el artículo 676 del Código del Imperio Ruso, establece las medallas Za userdie o Al celo, de oro y plata, con la efigie del Zar reinante en el anverso y el nombre de la medalla en el reverso, que se otorgaban por el largo servicio continuado, en doce clases nada menos. Esas doce clases eran, de menor a mayor, las siguientes: medalla de plata al pecho con cinta de la Orden de San Estanislao; medalla de plata al pecho con cinta de la Orden de Santa Ana; medalla de oro al pecho con cinta de San Estanislao; medalla de oro al pecho con cinta de Santa Ana; medalla de plata al cuello con cinta de San Estanislao; medalla de plata al cuello con cinta de Santa Ana; medalla de plata al cuello con cinta de la Orden de San Vladimiro; medalla de plata al cuello con cinta de la Orden de San Alejandro Nevski; medalla de oro al cuello con cinta de San Estanislao; medalla de oro al cuello con cinta de Santa Ana; medalla de oro al cuello con cinta de San Vladimiro; medalla de oro al cuello con cinta de San Alejandro Nevski; y por fin la rarísima medalla de oro al cuello con cinta de la suprema Orden de San Andrés(4).

      Con estos antecedentes, todo parece indicar que a los soldados españoles se les concedería en 1916 el honor de lucir medallas Za userdie o Al celo, al pecho o al cuello según sus graduaciones, seguramente todas de plata y todas con la cinta de la Orden Imperial de San Estanislao. Tal y como constan representadas más arriba.

      Posiblemente a estas gracias imperiales otorgadas a militares españoles, acompañarían otras similares conferidas a personas de la corte alfonsinas y del Cuerpo Diplomático, que hubiesen contribuido a los dichos funerales y honores póstumos al embajador ruso; pero si se dieron, de momento no las conocemos.

      Creo que las que se han enumerado habrían sido, pues, las últimas condecoraciones imperiales rusas concedidas a ciudadanos españoles. Porque cuatro meses después, en febrero de 1917, la revolución rusa dio comienzo, y ante la presión del Gobierno Provisional de Kerensky, el Zar Nicolás II abdicó la corona imperial el 2 de marzo. Lo que vino después ya es de la Historia -triste y terrible Historia-.

N O T A S

1) También formaban parte de la legación el segundo secretario Barón Conrad de Meyendorff, el agregado militar capitán Souratoff, y el agregado naval señor Wladimir Dimitriew.

2) Los detalles del fallecimiento, velatorio y entierro del embajador, en la Gaceta de Madrid del 9 de marzo, página 554; y en el diario ABC, de los días 8 y 11 de marzo.

3) Todo lo que antecede consta documentado en el Archivo General Militar de Segovia, 2ª sección, 12ª división, legajo 142.

4) Agradezco a mi buen amigo el conde Stanislaw Dumin, hoy el primer heraldista y genealogista de Rusia, su inapreciable ayuda para llegar a saber estas curiosidades del complejo sistema premial ruso de aquella época.

UN DUELO A PRIMERA SANGRE

UN DUELO A PRIMERA SANGRE

Afrodisio Aparicio

Mi padre tuvo por maestro de esgrima muy añorado y querido por cierto, a don Afrodisio Aparicio (el famoso maestro Afrodisio que dio clases a la Reina Victoria Eugenia) y yo pasé más de la mitad de mi infancia y adolescencia, oyéndole contar anécdotas de aquél genio del arte de la espada. Como soy de naturaleza antideportiva, no seguí los pasos de mi padre, pero en su honor conseguí que mis hijos aprendieran los secretos del acero, con grandes éxitos de Rafael, mi hijo mayor, que de muy mozo fue campeón de la Comunidad de Madrid en varias ocasiones. Soy, eso sí, admirador de la esgrima escrita, la literaria, que da para mucho, así el libro de Jerónimo de Carranza de 1582, que trata por decirlo con palabras del autor de la filosofía de las armas y de la destreza en su manejo, así como del ataque y de la defensa cristiana, en el que se evidencian las teorías morales y teológicas del autor, que se daba a sí mismo el título de inventor de la ciencia de las armas. Carranza creó un sistema muy original, basado en las relaciones matemáticas de los círculos, de los arcos, de los ángulos y de las tangentes. Ganar los grados al perfil era saber ganar la ventaja por pasos consecutivos alrededor del adversario, que dijo Quevedo.

Los principios de Carranza vuelven a encontrarse en otro autor español muy conocido: su discípulo, don Luis Pacheco de Narváez, autor del “Libro de la Grandeza de la Espada”. En él se enseñaba la guardia siguiente: El cuerpo, derecho, pero de manera que el corazón no este directamente frente a la espada del adversario, el brazo derecho completamente extendido, los pies bastante juntos… El autor dice, entre otros argumentos en que apoya la conveniencia de esta guardia, que extendiendo el brazo no hay peligro de ser herido en el codo. Los adversarios se ponían en guardia fuera de una distancia peligrosa. Con demostraciones geométricas se les enseñaban las nociones generales de la medida correcta, a pie firme y en marcha. Giraban alrededor uno del otro, haciendo movimientos de costado a fin de poner al rival en una situación comprometida. Una vez comprendidos estos preliminares, el discípulo debía aprender y practicar todos los pases posibles. Al igual que Carranza, Pacheco de Narváez ofrece multitud de ejemplos y explica lo que ha de hacerse ante cada uno de los movimientos del adversario, variando la complicación de los pases según que su acción fuera violenta, natural, remisa, de reducción, extraña o accidental, según el adversario fuera de grande o pequeña estatura, según que su temperamento fuera musculoso o nervioso, colérico o flemático.

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Cuando fui editor, publiqué El Tratado de Esgrima de Leo Broutín, facsímil de su obra El Arte de la Esgrima con prólogo del Marqués de Alta Villa, que fue una obra muy importante para el desarrollo de la esgrima del florete en nuestro país. Broutín, hijo y hermano de maestros, fue maestro de esgrima de la Academia del Estado Mayor del Ejército de Tierra, del Círculo deBellas Artesy miembro correspondiente del Academia de las Armas de Paris.

Se puede decir, sin faltar a la verdad, que el maestro Afrodisio ocupó mis ensoñaciones de infante, cuando me veía a mí mismo de Espadachín Enmascarado que era el tebeo, junto al Capitán Trueno, que ocupaba mis ocios. Nunca fui espadachín y lo siento, mucho más ahora, que me sé algunos intríngulis de la vida del maestro de armas de mi padre que era un hombre de estatura media, musculoso, con un imponente bigote de mosquetero, muy característico. Había abierto su Sala de Armas en 1915 en la calle Echegaray y por ella pasaron desde el general Millán Astray hasta Raimundo Fernández Cuesta. El maestro se proclamó pronto Campeón del Mundo de sable, llegando a poseer la Gran Cruz de Beneficencia, la Cruz de Alfonso X El Sabio y la Encomienda de Cisneros, pero por lo que pasaría a los anales de la esgrima, es por su duelo caballeresco con Lancho, otro maestro de la época. Ángel Lancho y Afrodisio Aparicio, ambos rivales y representantes de las escuelas española y francesa de esgrima, respectivamente, no se tenían gran estima y su enemistad personal se vio acrecentada por una animadversión profesional que les llevó a retarse en duelo por unos comentarios despectivos del maestro Afrodisio.

Angel Lancho

Fue el 13 de mayo de 1905, en la Quinta de Noguera, cerca de la plaza de Manuel Becerra, en Madrid, donde se encontraron los maestros acompañados de sus padrinos. El arma escogida para el duelo a primera sangre fue la espada, que era la especialidad de Lancho. Éste representaba la elegancia y la acometividad. Aparicio, más atlético y heterodoxo, la audacia y la fiereza. El juez les interrumpe en el tercer asalto: ha habido un golpe de plano en el hombro de Lancho y otro de punta que no produce sangre en el antebrazo de Afrodisio. El lance continua. En el cuarto asalto se produce otro puntazo en el antebrazo de Afrodisio. Los médicos discuten. El duelo se da por terminado y Lancho vence tras herir dos veces a su rival. Los diarios de la época reflejan el acta de duelo, en la que se destaca el valor y la destreza de los que dieron muestra los dos adversarios.

No firmaron la paz inmediatamente, pero poco tiempo después se hicieron amigos, una vez que Afrodisio se pasó a la escuela española preconizada por Lancho. Tras la reconciliación, formaron un apareja deportiva solicitadísima en la época. No había acto social de relieve o acontecimiento importante, que no concluyera con un esperado asalto de esgrima entre Lancho y Afrodisio.
Juntos participaron en numeroso torneos nacionales e internacionales, elevando la esgrima española a la más alta cota  que jamás hubiera alcanzado.

La amistad de ambos se extendió a sus respectivas familias que, a la muerte de Lancho en 1939, siguió manteniéndose como demuestra el hecho que todas las armas y demás material de su sala fuesen regalados al maestro Afrodisio, y que años más tarde, fuese testigo en la bodas de los hijos de su rival: la de Emma (1942) y la de Rafael (1957).

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El maestro Afrodisio, falleció en 1962. Con su desaparición dejó la esgrima de considerarse el deporte por excelencia de las clases altas. La esgrima como un arte de combate de caballeros y entre caballeros. No se me ocurre otra cosa más propia para quien se estime a sí mismo hijodalgo. Se me antoja que evocar en época tan descreída como la nuestra, aquel duelo es rendir homenaje a dos colosos olvidados que llegaron a ser por sus propios méritos y reconocida caballerosidad, dos próceres de la vida española. Ya lo dijo mi lejano pariente don Francisco Piferrer y Montells: La virtud y el mérito personal constituyen la verdadera Nobleza y son por lo mismo la base fundamental de la Ciencia Heroica, la cual trata precisamente de los honores y distinciones que cada uno merece por su valor, por su virtud y por sus nobles hazañas. Pues eso.

José María de Montells