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Los intensos intercambios comerciales -y por ende culturales- que hubo entre Castilla y Flandes a partir del último cuarto del siglo XV y durante todo el siglo XVI, produjeron también el establecimiento de numerosos mercaderes castellanos -de Segovia, de Medina del Campo, de Burgos, del País Vasco- a las grandes ciudades flamencas de Amberes y Brujas, pero también el de los mercaderes flamencos de dichos centros comerciales a las principales ciudades castellanas, en particular a Valladolid, a Madrid, a Sevilla y a Cádiz(1). Los castellanos se centraron allá, al principio, en el negocio del transporte y la venta de lanas, aunque pronto se introdujeron en otros ámbitos de negocio, atreviéndose incluso a entrar en el de las especias, y en el de los fletes y seguros marítimos.