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Reflexionar sobre el presente o el futuro de la Nobleza española no deja de ser, en muy gran medida, un contrasentido; o mejor dicho casi un imposible, toda vez que en puridad ese colectivo ya no existe, al menos como fenómeno social o como hecho general de civilización. Para acometer, pues, ese intento, ciertamente habré de jugar, con la licencia de quienes me leen, con los conceptos.

Y por ello comenzaré por definirlos en la medida en que nos sea posible, ya que es que en este punto en el que se encuentra la mayor dificultad para salir airosamente del empeño. Seguidamente examinaré los no muy numerosos elementos o datos que nos permitan acercarnos al sujeto nobiliario, para concluir con una crítica del estado actual del mismo, crítica que confío no escandalice ni tampoco se tome por pesimista, a pesar de que ya antes de pasar adelante aviso al lector de que me he de colocar, voluntariamente, en la áspera e ingrata posición del abogado del diablo, que no otra cosa parece a algunos el querer decir las verdades en voz alta.