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No todas las Órdenes que merecen este nombre tienen un origen similar. Las motivaciones para instituirlas no fueron siempre las mismas, sino que variaron con los tiempos. Podríamos dividir idealmente estas instituciones en tres clases. En primer lugar, cronológicamente, se situarían las grandes Órdenes Militares (el Temple, San Juan, Santiago, Calatrava, Alcántara, Montesa y otras), de carácter religioso-militar muy marcado; sus caballeros eran freires guerreros, y la observancia de sus reglas, especialmente en lo religioso, muy estrictas. Tuvieron, además, inmensos patrimonios ganados con su sangre. Dos o tres siglos más tarde, a lo largo del XIV y el XV, surgen otras Ordenes, también militares, aunque mucho menos religiosas. Proliferan por toda Europa, con el auge de los ideales caballerescos, cuyas reglas eran estrictas y suelen ser fundadas por reyes, príncipes y altos potentados (así, el Toisón de Oro de Borgoña, la Jarra de Aragón, la Escama de Castilla, la Espada de Chipre, la Jarretera de Inglaterra, y otras muchas). Su duración fue casi siempre efímera, y no solían sobrevivir mucho a su fundador.

Finalmente, ya en el siglo XVIII, aparecen las que se han venido denominando Órdenes Reales. Surgieron de la necesidad que tuvieron muchos Estados (sobre todo alemanes), sin tradición en este sentido, de crear distinciones honoríficas para sus súbditos. En otros casos, la necesidad consistía en premiar a ciudadanos que, por sus orígenes no nobles, o el ejercicio de profesiones consideradas poco honrosas, tenían vedado el acceso a las Órdenes Militares tradicionales. Este fue sin duda el caso de las Reales Órdenes de Carlos III, Isabel la Católica, San Fernando y San Hermenegildo, en España.